“Cuando quieres sentir, no lo haces.
Cuando no deseas sentir, el corazón te obliga.
Y no puedo creer que aun siga llorando. Y que canciones que jamás escuche contigo, me recuerden a ti.
¿Estaré equivocada? ¿Estaré haciendo las cosas mal?
No puedo negar nada de lo que siento.
No puedo esquivar.
Me siento tan débil. Tanto.”
Tanta confusión viniendo de una niña, porque solo soy eso, una niña. Que solo deseaba un castillo de cristal, con su príncipe azul. Tenía todo eso entre sus manos... y de repente, el sueño se le esfumo. La bruja mala se lo arrebato, y le dio la manzana a la princesa para matarla, pero la princesita solo agoniza, la manzana no contenía el veneno suficiente. Y ahora la princesita vaga en el bosque, buscando a su príncipe, media tonta, media loca, media ida. Pero algo la aferra a este mundo, al amor que alguna vez quiso sentir hacia su príncipe.
Y llegan los animalitos del bosque y tratan de protegerla, de quererla. Pero ella, solo llora, no ve a su alrededor más que niebla muerta.
Sus ojos ya no miran con la dulzura de antes, sus manos no acarician con la delicadeza de antes. La princesita ya no añora querer. A nadie.
La princesita se quiere quedar sola, dormir para no despertar más.
La princesita ya no quiere llorar, no quiere sufrir, no quiere ver su príncipe a la distancia sin poder acercarse a él. La princesita ya no quiere más.
Y nadie ha logrado tomar de su mano, y lograr sacarle una sonrisa. Le teme a las personas, porque siempre la han traicionado.
La princesita es una nena hermosa, poseedora del más noble corazón, pero se lo destrozaron en mil partes.
Es dueña de los más puros sentimientos, de una inocencia sin igual, pero, la princesa llora, y nadie ahora viene a consolarla

y yo te miraba desde un rincón, esperando que levantaras la vista y te acercaras... ya estaba ahí... para ti.